Y ellos le dijeron: "¿Por qué los discípulos de Juan ayunan tanto y oran, y también los de los fariseos, y los tuyos comen y beben?" A los cuales El dijo: "¿Por ventura podéis hacer que los hijos del Esposo ayunen, mientras con ellos está el Esposo? Mas vendrán días en que el Esposo les será quitado, y entonces ayunarán en aquellos días". Y les decía una semejanza: "No pone nadie remiendo de pańo nuevo en vestido viejo; porque de otra manera el nuevo rompe al viejo, y además no cae bien remiendo nuevo con el viejo, y ninguno echa vino nuevo en odre vieja: porque de otra manera el vino nuevo romperá las odres, el vino se derramará, y se romperán las odres; mas el vino nuevo se debe echar en odres nuevas, y lo uno y lo otro se conserva. Y ninguno que bebe de lo ańejo quiere luego lo nuevo, porque dice: mejor es lo ańejo". (vv. 33-39)
San Cirilo
Después que oyeron la primera palabra de boca del Salvador, pasaron a ocuparse de otra cosa, queriendo dar a entender que los discípulos del Seńor y el mismo Jesús no se cuidaban de la ley, por lo que sigue. Ellos le dijeron: "por qué los discípulos de Juan ayunan", etc., "y los tuyos comen", etc. Como diciendo: Coméis con los publicanos y los pecadores, siendo así que la ley manda no tener trato con el que es inmundo ( Lev 15), y excusáis vuestra prevaricación con la caridad. Y siendo esto así, ¿por qué no ayunáis como es costumbre entre los que quieren cumplir con la ley? Pero los santos ayunan para afligir el cuerpo y calmar las pasiones, y Jesucristo no necesitaba ayunar para la perfección de la virtud, puesto que como Dios estaba libre de todas las pasiones. Tampoco necesitaban ayunar los que estaban con El, porque como participaban de su gracia, ésta los conservaba fuertes en la virtud, sin necesidad de ayuno. Si bien es verdad que Jesucristo ayunó cuarenta días, no lo hizo con el fin de mortificar sus pasiones, sino por enseńar a los carnales la norma de la abstinencia.
San Agustín, de cuest. evang. 2, 27
Evidentemente San Lucas contó que esto lo habían dicho unos de otros; por lo que San Mateo se expresa en estos términos: "Entonces se acercaron los discípulos de San Juan, diciendo: ¿Por qué ayunamos nosotros y los fariseos?" ( Mt 9,14) sino porque ellos estaban también presentes, y todos a porfía hacían la misma objeción.
San Agustín, de cuest. evang. 2, 18
El ayuno se hace de dos modos: el uno en la tribulación, para obtener de Dios el perdón de los pecados por medio de la mortificación, y el otro por medio del gozo, porque complacen tanto menos las cosas de la tierra, cuanto mayor es el gusto que percibimos en las cosas espirituales. Preguntado, pues, el Seńor por qué no ayunaban sus discípulos, contestó refiriéndose a los dos ayunos: en primer lugar al ayuno de la tribulación porque prosigue: "¿Por ventura podéis hacer que los hijos del Esposo ayunen, mientras que con ellos está el Esposo?".
Crisóstomo, in Mat hom 31
Como diciendo: El tiempo presente es de alegría y de contento, por tanto no deben mezclarse las tristezas.
San Cirilo
La aparición de nuestro Seńor en el mundo no fue otra cosa que una festividad continuada, porque en ello puede entenderse que se había unido con nuestra naturaleza como tomándola por esposa, para que la que antes había sido tan estéril, ahora fuese fecunda. Por tanto los hijos del Esposo son todos aquéllos que han sido llamados por El a la participación de la nueva doctrina, no encontrándose en ella los escribas y los fariseos, que solamente cumplen la ley en apariencia.
San Agustín, de cons. evang. 2, 27
Esto que sólo San Lucas ha dicho: "No podéis hacer que ayunen los hijos del Esposo", significa que a aquellos mismos que hablaban harían llorar y ayunar los hijos del Esposo, porque ellos eran los que habían de matar al Esposo.
San Cirilo
Cuando había concedido a los hijos del Esposo que no convenía que trabajasen (como que estaban celebrando una fiesta espiritual), con el fin de que no renunciemos al ayuno ańadió oportunamente lo que sigue: "Mas vendrán días en que el Esposo les será quitado, y entonces ayunarán en aquellos días".
San Agustín, de quae. evang. 3, 18
Como diciendo: Entonces quedarán desolados, y tendrán luto y tristeza hasta que por el Espíritu Santo les sean concedidas las alegrías consoladoras.
San Ambrosio
No se prescinde de este ayuno con que la carne se mortifica y la lujuria de la carne se mortifica (porque este ayuno nos hace agradables en la presencia de Dios). Pero no podemos ayunar los que tenemos a Cristo, y comemos su carne, y bebemos su sangre.
San Basilio
Tampoco pueden ayunar los hijos del Esposo, esto es, no toman el alimento del alma, sino viven de toda palabra que procede de la boca de Dios.
San Ambrosio
¿Pero cuáles son aquellos días en que Jesucristo nos será arrebatado, siendo así que El nos ha dicho: "Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo?" ( Mt 28,20). Pero ninguno puede quitarte a Cristo, si tú no te quitas a El.
Beda
Todo el tiempo que el Esposo está con nosotros es tiempo de alegría, y por ello no podemos ayunar ni entristecernos. Pero cuando El se separa de nosotros por los pecados, entonces debemos empezar el ayuno, y debe ordenarse el luto.
San Ambrosio
También se habla, finalmente, del ayuno del alma, como lo expresan las siguientes palabras. Prosigue pues: "Y les decía una semejanza: No pone nadie remiendo de pańo nuevo en vestido viejo". Llamó al ayuno "vestido viejo", el cual creyó el Apóstol que debía desecharse, diciendo: "Despojaos del hombre antiguo con todos sus actos" ( Ef 4,22). En el mismo sentido aconseja que no mezclemos las acciones del hombre antiguo con las del nuevo.
San Agustín, de quaest. evang. 2, 18
O de otro modo, después de haber recibido el don del Espíritu Santo, y renovado ya el hombre en la vida espiritual, se celebra muy oportunamente otra especie de ayuno que prepara a la alegría del sacramento, habiendo sido antes el que le recibe, como el vestido viejo, al que no debe coserse torpemente un trozo nuevo. Porque esta doctrina pertenece a la conversión de una nueva vida y el hacer lo contrario sería como separarse de la ley general del ayuno, que enseńa a que nos abstengamos, no sólo de la concupiscencia de los alimentos, sino que también de la alegría de los placeres mundanos. Esta gracia que pertenece al alimento espiritual no puede concederse a los hombres entregados todavía a sus antiguos vicios. Dice también que ellos son semejantes a unos odres viejos; de donde prosigue: "Y ninguno echa vino nuevo en odres antiguos".
San Ambrosio
Se da a conocer la fragilidad de la condición humana cuando nuestros cuerpos se comparan a las pieles de animales muertos.
San Agustín, de quaest. evang. 2, 18
Los apóstoles también son comparados a los pellejos antiguos, porque cuando reciben el vino nuevo de los preceptos espirituales, más bien se rompen que lo contienen. De aquí prosigue: "Porque de otra manera el vino nuevo rompe los odres, y el vino se vierte", etc. Fueron ya odres nuevos cuando fueron renovados por medio de la oración y de la esperanza, después de la ascensión del Seńor, y cuando recibieron el Espíritu Santo, por el deseo que tenían de ser consolados. De donde prosigue: "Mas el vino nuevo debe echarse en odres nuevos, para que ambos se conserven".
Beda
Nos robustecemos interiormente con el vino, y nos cubrimos exteriormente con el vestido. El vestido son las buenas obras que ajustamos exteriormente, con las que lucimos ante los hombres. El vino es el fervor de la fe, de la esperanza y de la caridad. De otro modo, los antiguos odres son los escribas y los fariseos. El nuevo pańo y el nuevo vino son los preceptos evangélicos.
San Gregorio Niceno, Orat de Abraham
El vino nuevo, a causa de su fermentación natural, está lleno de vapor, y con su hervor y agitación expele de sí la impureza material. Este vino es el Nuevo Testamento, al que no pueden contener los odres antiguos, que se han envejecido por la incredulidad. Además se rompen por la excelencia de la doctrina, y dejan perderse la gracia del Espíritu, porque la sabiduría no puede entrar en un alma malévola ( Sab 1,4).
Beda
Así los sacramentos de los nuevos misterios no deben administrarse a un alma no renovada, sino que persevera en su antigua malicia. Los que quieren mezclar los preceptos de la ley, como los Gálatas, meten el vino nuevo en odres viejos. Sigue: "Y ninguno que bebe de lo ańejo quiere luego lo nuevo, porque dice: el viejo es mejor". En efecto, los judíos, prendados del sabor de la vida antigua, despreciaban los preceptos de la nueva gracia, manchados con las tradiciones de sus mayores, no podían gustar la dulzura de las palabras espirituales.